En memoria de Don Blas Ramírez y su legado histórico para las nuevas generaciones


Solía verlo en el campo de fútbol Toncontin de Sabanagrande Francisco Morazán en esas tardes soleadas y de fríos inviernos, hacia ademanes como que estuviese en esos enormes estadios donde la adrenalina recorre cada parte del cuerpo de un entrenador.


Parecía emular al gran Chelato Uclés, quién para esos tiempos (80') se escucha era uno de los mejores caza jugadores de la época.


Estricto y de manera rudimentaria dirigía los ejercicios de moda a un grupo de jóvenes y niños que llegaban al campo de Sabanagrande en busca de una potra.

Para ese entonces era un adolescente y escuchaba decir que fundó un equipo que le llamó Audaz e inició los orígenes del Stukas. Su pasión por el fútbol lo combinó con su trabajo pastoral como Celebrador de la Palabra de Dios.


Muchos lo recuerdan cuando se subía aquel "Toyoton" color beige para conducirlo y llevar a Monseñor Evelio Domínguez a tantas aldeas y caseríos de Sabanagrande a realizar su trabajo pastoral.


No volví a saber de él, soñé, hace unos meses, una entrevista con él hablando de fútbol pero sólo me dijeron: "allá vive en Danlí, El Paraíso".

La mañana del 20 de septiembre de este año, me comentaron que Don Blas Ramírez Hernández, ese hombre de andar pausado y hablar tranquilo había muerto en el barrio Santo Domingo de la ciudad de Las Colinas, lugar en que desde hace 35 años llegó procedente de Sabanagrande.


De Don Blas aún escucho decir que fue uno de los primeros formadores de jóvenes, que gustaba enseñar ese elegante toque de "damela te la doy" "de la garra catracha", de ese fútbol que para los años 80' estaba de moda, ese que implementó en su querido Audaz y en los sipotes del Stukas que él bautizó como " El Semillero del Audaz".


En la casa que por 15 años fue su residencia ubicada en el Barrio Suyapa, era frecuente los sábados ver a los jugadores entrar a escuchar las charlas y consejos de Don Blas, dicen, que hacía énfasis en que antes del fútbol, el estudio.

Su esposa Julia Cruz Pavón originaria Sabanagrande recuerda que conoció a Don Blas en la Aldea Suyapa de Tegucigalpa de donde era originario, allí entre coqueteos iniciaron un noviazgo que culminó con 50 años de Matrimonio feliz procreaando cinco hijos: Francisco, Marco Antonio, Rosa Emilia, Flavia Alejandra y Blas Alfredo.


"Él entregó su vida a Dios, no solo antes de su muerte sino durante su vida como Celebrador de la Pabra de Dios en la Iglesia Sagrado Corazón de la colonia Bella Vista de Danlí", expresa.


Rememora que en Sabanagrande vivieron unos 15 años, él fue motorista de Monseñor Evelio, era un hombre entregado a Dios y a la juventud, cada tarde iba al campo a entrenar al fútbol a unos 40 niños, aquí en Danlí siguió con ese legado, era algo que a él le nacía hacer como una forma de sano entretenimiento y proyección social.


De Sabanagrande se fue allá por 1985 hacia Danlí donde continuó su servicio pastoral como Celebrador de la Palabra, allí descansan sus restos mortales en el Cementerio General de esa localidad.

Don Blas murió a sus 75 años. En Sabanagrande queda para muchos la imagen de aquél hombre que solía caminar los domingo por los senderos estrechos del Barrio Suyapa con un tablero en mano y un bolso al hombro, triste y cabizbajo cuando su querido Audaz no encajaba con sus charlas triunfales de sábado por la tarde noche.


Muchos no lo volvimos a ver recorrer las calles de la ciudad de Las Rosquillas y El Artesano o entonar los cánticos de una eucaristía dominical con su guitarra.


De él queda la silueta y la sonrisa alegre en aquél "Toyotón" de la parroquia El Rosario diciendo adiós y el recuerdo de un hombre que se radicó en Sabanagrande dejando una huella imborrable y un nombre que será parte de las tertulias históricas del fútbol y su proyección social.


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Director y Fundador Periodista Anibal Baca

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